miércoles 7 de octubre de 2009

La despedida.


El sol ya amanecía lentamente para el ritmo de nuestros corazones. La noche había sido larga, y las copas amortiguaron la tristeza que en un vano intento habíamos intentado ocultar en aquella tarde ya demasiado lejana.

La despedida con Sol había sido rápida, después de una larga tarde dedicada a nosotros dos, miramos al suelo para abrazarnos y sin decir palabra corrimos en direcciones opuestas. No queríamos ver ninguno nuestras lágrimas, así, supuestamente, sin ver nada, debería haber dolido menos. Pero al llegar al ascensor, ya fuera del alcance de cualquier cotilla, algo explotó en mi interior, mi negro corazón. Y lloró.

Y así pasé la tarde, escondiendo los pinchazos, los calambres, las lagrimas y demás desazones entre sonrisas de tres al cuarto…

Pero llegó la noche, y con ella Estrella, acompañada de muchos buenos amigos, que juntos venían dispuestos a darme una despedida sorpresa en condiciones. Y lo consiguieron.

En la cena, regalos y fotos, muchas fotos. ¿Y luego?

Luego de fiesta, para no perder las buenas costumbres. Y entonces, entonces descubrimos que cada bar, que cada nuevo local en el que entrabamos, acompasaban cada uno de nuestros pasos con la banda sonora de aquella noche.

Nada más entrar en el primer bar, “Y nos fuimos pa Madrid” Estrella se aferra a mi cintura, para acto seguido desaparecer entre la gente. La sigo y la encuentro rodeada de todos, ¿Por qué? Porque llora. ¿Y por qué? Porque me voy. Ella, mi Estrella, mi única luz que ha brillado siempre sobre la amoratada noche llora, y llora por mí, porque a pesar de ser la primera en decirme “vete, no lo pienses más. No te preocupes todos seguiremos aquí” era la que más deseaba que me quedara en aquella pequeña ciudad, sin magia… ni encanto. Sin embargo, había hecho de tripas corazón durante todo ese tiempo, para que yo, bastante incapacitado en sentimientos, no descubriera la verdad y me lanzara por el nuevo camino que había decidido, quizás demasiado cabezotamente, seguir.

Y ahí estaba ella, llorando sin consuelo, como la niña que siempre ha sido y será. Até todas las lágrimas en un nudo en mi garganta, me había prometido no llorar. Y la besé, por primera vez, y delante de todos, la besé en la mejilla, como siempre hace ella conmigo, y que yo sé que tanto agradece cuando viene de mí.

Seguidamente reanudamos nuestra marcha. Bailábamos, simplemente bailábamos. Contorsionábamos nuestros cuerpos al ritmo de la música, destrozábamos nuestros pies, nuestro encanto…. Pero nada importaba, sí, sólo eso: bailábamos. No podías dejar de bailar, aunque los zapatos nos deshicieran los pies, aunque el olor a carne viva y sudor nos inundara, a pesar de todo, teníamos que seguir bailando. Bailar… porque sí, simplemente bailar. Sí, eso: bailar. Porque así era una noche más del montón… en la cual, todos disfrutábamos. Bailar, sólo eso… Sólo se bailaba.

…Sonrisas y risas, carcajadas y demás gestos de diversión nos guiaban por cada nuevo lugar que pisábamos. Y todo marchaba bien…

Entonces llegó el ecuador de la noche, y de repente la música se volvió gris y desencantada… No recuerdo sus letras, pero algo me hizo buscar a Estrella. Me encontré con su presencia. Y con su mirada… Y con sus ojos mágicos. Me encontré con una estrella resplandeciente de luz aterciopelada y melancólica. Tenue, algo falsa. Bailaba, sí, y mientras bailaba lloraba. Como si nada.

Y a pesar de que la música machacona bombeaba con fuerza mi sangre, el tiempo se congeló. Todo se quedó suspendido en el ambiente concentrado del lugar durante una milésima de segundo para volver en sí con un gran “crack”. Mi corazón, mi nudo en la garganta, mi cuerpo entero había sido el causante de ese gran estruendo que había roto el momento mágico de la inercia inexistente. Lloré… claro que lloré. Lloraba… Lloraba por ella, por mi mejor amiga, por mi hermana… por la chica de las curvas, caderas pronunciadas y un par de estrellas en el pelo. No lloraba por ella, sino porque la quería. Y verla llorar por mi culpa, me mataba… me destrozaba. Y yo la quería, eso estaba claro.

Nos rodearon nuestros amigos, llevaban días diciéndonos que la despedida iba a ser dura. Y nosotros lo negábamos, y ahí estaba la muestra de nuestro error. ¿Cómo no iba a ser dura? Nos rodearon en un gran abrazo colectivo y nuestras lágrimas se reconfortaron, dándonos permiso para continuar con la noche. A partir de ese momento, la noche fue perfecta.

Tan perfecta que cuando abandonamos el último local, el sol nos daba los buenos días. Me despedí de todos mis amigos uno por uno. Un último adiós y Estrella y yo nos perdimos rumbo a nuestra casa.

-¿Sa? – me llamó Estrella mientras caminábamos sin rumbo fijo… ya demasiado cerca de nuestra casa.

-¿Sí?

-Ha sido una gran noche, ¿verdad?... ¿Te ha gustado la sorpresa?

-Claro, no lo dudes… ¿Cómo no me iba a gustar?

-Porque no ha sido sorpresa, sé que lo sabías… y yo quería que fuera sorpresa. Soy estúpida y he metido la pata, sino ¿cómo te has enterado de todo?

- Valoro mucho el gesto… además simplemente me lo olía. Esperaba que me hicieras algo. Y no me has fallado. No esperaba veros a todos así… tan emocionados, y por mí… porque me voy…

- Gracias- Una espléndida sonrisa surco su rostro. Su brillo deslumbró al propio sol- Es cierto, te vas ya dentro de unas horas…

“No llores” le susurré mientras le limpié una desconocida salada que surcaba su mejilla.

-Sa…dicen que la distancia es el olvido…

- Sí, eso dicen…

Detuvimos nuestros pasos y por primera vez en todo el trayecto nos miramos directamente a los ojos.

-Es cierto que se dice que la distancia es el olvido – continué- Pero también se dice que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. Y como yo he llegado a creer que estando tan lejos de ti, podría llegar a perderte y no me ha gustado esa sensación, te aseguro que para mí seguirás estando a mi lado, a pesar de la distancia, te seguiré llevando cerca. ¿Sabes por qué?

-Sa…gracias….

- Porque te guardo en un sitio muy especial.... ¿Sabes cuál?

No hacía falta que ninguno de los dos siguiera hablando. Lo sabíamos. Estrella me abrazó, me besó en la frente y de repente se echó a correr.

“¡Saiz te echo una carrera como cuando éramos más niños todavía!” gritó.

Y yo corrí detrás de ella… como los niños que siempre seremos.

…El sol ya amanecía lentamente para el ritmo de nuestros corazones. La noche había sido larga, y las copas amortiguaron la tristeza que en un vano intento habíamos intentado ocultar en aquella tarde ya demasiado lejana. Una nueva vida comenzaba…

sábado 3 de octubre de 2009

LLevo mucho tiempo sin actualizar, lo sé.

Pero me ha costado mucho acostumbrarme a la nueva rutina. Pronto... Pongamos el miercoles como día tope, volveré a la carga. Algún día tendré que romper el silencio, ¿no?

¡Hasta entonces!

sábado 29 de agosto de 2009

Ese algo (1)

Aún notaba el sabor de la última entrepierna que había degustado. Se paró en seco, rebuscó entre sus bolsillos y se introdujo un chicle para contrarrestarlo, pero en realidad no había mal sabor de boca, simplemente era su cabeza que le jugaba una mala pasada. Reanudó su camino.

Por lo menos esta vez no había sido más que una mamada en condiciones y un liberar tensiones sobre el pecho de aquel desconocido… El hombre era raro, y encima gemía como un pervertido… además le había destrozado el frenillo de la lengua. Volvió a intentar tocarse el paladar, sí el dolor seguía persistente. Pero tenía un culo de acero que le había dejado alucinado. No se podía quejar: había sido en cerrado y sobre una cama. Sonrió. Todavía recordaba el anterior a este…

“Sólo tengo el buga, ¿te importa?” le había dicho con un marcado acento de la zona mezclado con cierto deje macarra.

Cómo le iba a importar a él hacerlo en un coche si sólo recordaba asientos traseros en los cuales su ropa volaba perdida sin rumbo fijo hacia ningún lugar.

Se alegró al encontrar su portal enfrente suyo y traspasarlo. Se sentía sucio. Muy sucio.

En el ascensor se contempló en el espejo que ocupaba toda una de las paredes. Tenía buen aspecto, nadie pensaría a lo que se dedicaba en sus ratos libres… lo que él no sabía era que cierto movimiento de cadera le delataba al andar. No era guapo… y ni mucho menos tenía buen cuerpo, los músculos brillaban por su ausencia y por tener, tendría algún michelín rebelde.

Llegó casa. Estaba solo. Avanzó por el pasillo conforme se desnudaba, entró a su cuarto y encendió el ordenador. Se metió a la red social de sus amigos, un par de mensajes.

No, nadie sabía que se acostaba con cualquier hombre que se le pusiera a tiro. Estaba rodeado de buena gente. Sus padres pensaban que tenían un hijo maravilloso y sus amigos eran unos santos, lo cual era algo raro por el barrio en el que vivían. Eran santos pero no tontos. Se sabían mover y clasificar a las personas. Y en él habían notado ese algo que les había hecho querer conocerlo. Se tuvieron que esforzar, pero finalmente rompieron casi todas sus barreras. Las que le quedaban en pie, según ellos, ya eran muy personales. Les fascinó lo que encontraron: tenía un algo que lo hacía diferente y atractivo. Tremendamente atractivo.

Él, en secreto, llamaba a ese algo morbo. Su falta de belleza y buen cuerpo era contrarrestada por el morbo. Él era morbo. Puro morbo intoxicado. Funcionaba por instinto y para él siempre había estado ahí. Poco a poco fue descubriendo las múltiples facetas que ese algo le ofrecía y las activaba sin darse cuenta, todo dependía de la ocasión.

Eso es lo que hacía que todos los hombres quisieran estar con él. Y luego se producía ese “crack” que le indicaba a quien debía elegir y como debía actuar… todo por instinto… era un animal de caza.

Terminó de revisar el correo y se dirigió a la ducha. Se observó desnudo de nuevo. Sin lugar a dudas era resultón, se fijó en su mirada y descubrió que todavía llevaba los ojos rasgados. Mirada furtiva, un fallo. Los abrió y limpió su mirada. Así parecía más niño, más inocente. Mucho más inocencia.

Decidió ducharse con agua fría y se zambulló debajo del constante ir y venir del agua, cada gota perfora su piel y mala tinta, depuraba sus toxinas, su veneno. Era tóxico, eso ya lo había aprendido tiempo atrás, aquel que lo probaba siempre ansiaba más. Todos querían más de él… y a él no le importaba darlo. Se sonrojaron sus mejillas.

Sólo le faltaba ponerse precio. Y no era porque no le habían preguntado las tarifas en múltiples ocasiones. Sabía que a sus 18 años tenía la experiencia de toda una vida, pero es que desde sus 13 tiernos años ya hacía virguerías con la lengua… quizás había corrido demasiado.

Se enjabonó, ansiaba quitarse el olor de ese desconocido cabrón que le había destrozado la lengua. Se maldijo entre susurros: “puta”.

No, él no era ninguna puta. Sabía que su punto fuerte era degustar desde las orejas hasta los pies sin olvidar lo salado, ligeramente alimonado, sin embargo fusionar cinturas no era lo suyo. Para dejarse dominar necesitaba mucha confianza, de la cual carecía hasta de sí mismo, y era arrítmico, así que tampoco marcaba bien el ritmo de los encuentros. Además él tenía moral. Moral y ética propias. Ni casados, ni novios. Nada de drogas y sexo siempre seguro. Como regla pasar un buen rato de lo que surgiera. No tener nunca expectativas y moverse por instinto. No era complicado, al menos eso creía él… No, en definitiva no era ninguna puta. Él no era romántico, no soñaba con ningún personaje azulado que le salvara de aquel círculo… de perversión como dirían mucho. No, él simplemente vivía, sin ninguna complicación, sin más.

Disfrutaba de los hombres, eso era todo. Y él tenía el control. Claro que sí.

De repente sonó su móvil.

Dio un vuelco su destartalado corazón.

Pronto tendría que ocurrir el cuerpo a cuerpo con el causante de aquella llamada perdida si no quería perder las riendas del juego. Pensó en ese no tan extraño. Él no era más que un apodo, pero su extraño era Baltasar y tenía nombre propio, no como él que ni siquiera se acordaba del suyo. Suspiró. “El cuerpo a cuerpo cuanto antes” pensó. “Ya”.

Otra vez el teléfono. Otra perdida…

Se quedó congelado bajo la ducha. Se oprimieron sus costillas y sintió un pinchazo en el estómago. Sus ojos… sus ojos brillaron impacientes.

viernes 21 de agosto de 2009

Noches de indecisiones y verdades.



-Has vuelto a tacharlo… ¿Por qué?


Acompañó sus palabras arrugando la nariz, llevábamos tantos días juntos que ya me conocía todos sus gestos, y a pesar de ser maldad en estado puro, al hacerlo mostró cierto rastro de perdida inocencia, santa confusión, y gran desaprobación.


La miré. Lucía sus ojos granates brillantes, sus mejillas sangrantes y sus rizos salvajes domesticados en una abrumadora coleta, dejando tan sólo un par de mechones sueltos que enmarcaban su difuso rostro, incluso lo destacaban. Vestía un vestido verde y en su frágil cuello una margarita blanca a modo de colgante.


-No me gusta – Y era cierto que no me gustaba, pero la verdad era que no me hacía a la…


-No te haces a la idea, admítelo.


Me levanté del frío suelo y busqué el reloj: las dos de la madrugada, una noche amoratada reinaba la escena… Apagué el zumbido agotador del aire acondicionado y contemplé mi reflejo semidesnudo en el cristal del armario del comedor. Únicamente una ropa interior roja escondía mi entrepierna y en la nuca una mala tinta se dejaba entrever… mientras me observaba medité.


Ella, más mala que nunca, tenía razón. Aún recordaba las palabras de Sol: “Te arrepentirás” Pero ahora ya se había hecho a la idea. De hecho, habíamos quedado en vernos antes de abandonar todo… casi todo… bueno, tal vez no todo… o casi nada…


De repente oí un ruido. Y para colmo estaba en penumbra, en casi total oscuridad. Mi pulso se aceleró y la sangre hervía nerviosa por mi corazón.


-Tranquilízate- Me cogió de la mano –Habrá sido la caldera… -Otra vez el mismo chasquido, un gran crujir… un descomunal estruendo… -o tal vez la madera…


Otro estrepitoso estruendo. Me lancé a la puerta y eché el cerrojo, acto seguido, enfilé directamente el pasillo y encontré escondite debajo de las sábanas.


Ella me siguió y su risa inundó la habitación.


-Eres un niño- Su voz sonó un cuarto angelical y tres cuartos grotesca. Me paralizó. Cerré los ojos con gran fuerza en un vano intento de que todo terminara.


Pero al cerrarlos las imágenes vinieron a mí: oscuras sombras, dientes y colmillos, ardiente sangre… puro rojo… terror, malvado terror. Y tras las grotescas muecas una niña, y su voz… su voz…


-Son los vecinos.- chilló. Era mala, verdaderamente mala… y venía a por mí. Lo sabía, estaba seguro. No me engañaría.


- Arriba no hay nadie, y en el rellano sólo estoy yo. ¡Déjame! ¡Vete! – grité entrecortadamente.


Las saladas ardían por mis pómulos. Lloraba sin control, sin excusas… y los motivos brillaban por su ausencia. ¿Cómo ella podía estar jugando con mis temores después de haber estado apoyándome incondicionalmente?. Era maldad. Punto.


-¡Eres un niño!... ¿De qué tienes miedo?


Abrí los ojos todavía inmóvil, mis músculos temblaban inquietos, y lo que me encontré ante mí no me ayudó a calmarme: Tenía sus ojos gélidos a un centímetro de mí rostro. Notaba como su cuerpo oprimía mi pecho y como sus manos… sus manos acariciaban sosegadamente mis sienes. Suspiró tristemente. Su aliento era ácido, dulcemente alimonado. Y para mi sorpresa: no abrasaba.


“Me temes a mí” El desorden de mi mente desapareció. Esa voz de mujer austera transmitía paz. “No”, afirmé, había sufrido mi habitual miedo irracional.


Mi niña con pensamiento de mujer me besó en la frente. Me obligó a incorporarme en la cama. Avergonzado giré el rostro para no encontrarme la indignidad de sus matices, pero a pesar de todo, yo la amaba. A pesar del terror que me transmitía, de la maldad… del sufrimiento verdadero que me creaba… la amaba. Aún recordaba su última visita… y su supuesta despedida definitiva. No sabéis lo agradecido que estaba a su maldad cuando me mintió y hacía un par de días atrás regresó. Era mala, verdaderamente mala. Toda una puta. Pero era mi puta y que nadie se atreviera a decirle nada, que entonces sería yo quien matara. Me cogió el rostro delicadamente y me obligó a mirar por la ventana.


-No hay estrellas- titubeé.


“Fíjate bien, siempre brilla ella… Tu Estrella tiene magia desgastada; no lo olvides” Era tan reconfortante su melodía. Limpió mis lágrimas con la palma de sus manos y me miró fijamente. Algo se encendió detrás de sus pupilas.


-Hay una luz encendida – Me susurró al oído. Me desconcertó oír de nuevo su voz aterciopelada de niña traviesa. –Sí hay vecinos. Mira.


Era cierto, ahí estaba uno de mis vecinos. Rubio y un par de años mayor, buen cuerpo y una nariz personal… además en esos instantes la lucía ¿empolvada?


-Joder, ¿Desde cuándo esnifa? –Exclamé.


Mi pequeña se encogió de hombros. Ambos nos miramos y sonreímos, no por mi pobre vecino sino por la situación: eran las 3 de la mañana y estábamos fisgoneando por la ventana… Sin lugar a dudas, era una extraña ocasión.


El silencio se apoderó de nosotros y un par de segundos pasaron volando.


-¿En quién piensas? –Me preguntó rompiendo el momento.


-Ya lo sabes. Deja el tema por favor.


Estrella sería todo lo que queráis, pero no deja de ser mi mejor amiga… mi pura sangre. Fue la primera en apoyarme con todo ese cambio que estaba llevando entre mis manos…


-No me extraña que tus padres se hayan opuesto tanto a tu decisión, incluso que este verano no te quieran dejar solo tanto tiempo como en años anteriores… - Sentenció, a mi parecer sin venir a cuento.


-¿Por qué?


Sus labios se tensaron formando una austera línea recta, diría que incluso algo severa.


-Porque… -empezó con un deje irritado en su voz- Estrella y sus ocasiones especiales con el speed; este imbécil después de unas rallas se está haciendo un chino. Toda la coca que ha ido directa a su cerebro desde su nariz le ha sabido a poco y ahora se va a fumar más mezclándola con un porro bien cargado… ¡Ah! Y no olvidemos a tu primer amor platónico, el del portal de enfrente… ese con el que aprendiste a hacer virguerías con la lengua… ese es todo un experto en cachimbas echas con fruta, especialmente con melones… ¡y tú! –gritó.


-Yo, ¿Qué? Si nunca he probado las drogas duras… -dije con chulería.


Su risa estrambótica retumbó por toda la casa, sus ojos eran de loca y su melena empezaba a dispararse escapándose de la apretada coleta.


-¿Ah no?- Arqueó las cejas.


Un no rotundo salió de mi garganta, pero se quedó enredado entre mis dientes…


-En efecto- dijo – eres consumidor ocasional de mala hierba, además cuando bebes, que es siempre, tumbas a todos los de tu alrededor con tu ritmo… y tú ni te inmutas… Y para terminar, ¿qué pasó hace un par de viernes?


-Bebimos…


-¡qué novedad!


-mucho…


-¿No me digas?... ¿Qué más?


-Les confirmé que era marica…


-¿Y… algo más, no?


Medité. Sentí un pinchazo en mi interior, no me acordaba de eso.


-… Estuve… estuve a punto de…. de… de pillar… cri-cris…


-Cristal. Cristal líquido – Su semblante era acusador. Su maldad palpable.


-Pero no lo hice –intenté excusarme.


-Te echaste para atrás porque te da miedo lo desconocido, pero quedaste en algo… ¿No te acuerdas?


-El acuerdo- susurré. “Mierda” –Bueno mis padres me han enseñado lo correcto, no olvides donde trabajan y los casos que me han hecho ver, puede que me llamen la atención cosas que no muestran más que soy un niñato descerebrado pero en el último momento me retiro del juego antes de empezar… Siempre pasará lo mismo. Me pesan demasiado las consecuencias.


-¿Tú crees? – gruñó.


Un silencio incómodo nos volvió a rodear, no pude evitar sonreír amargamente con sonrisa torcida… a ella no le pareció agradar mi gesto.


-¿Por qué sonríes? Sólo dependerá de ti que termines probándola… en Zaragoza no lo haces porque tienes unos amigos, unos buenos amigos, que en ese sentido te marcan y te acortan la correa. Incluso Estrella es rotunda en ese aspecto contigo. Les harías mucho daño. Piensa en ellos… en Sol, Estrella, Estela, Fabián… y en los demás… ¡en todos! ¿Qué pasará cuando no estén a tu lado? No olvides que has tomado la decisión de apartarlos…


-No los voy a apartar, sólo nos distanciaremos durante un tiempo y nos seguiremos viendo… Y sonrío –continué- porque cualquiera que me viera pensaría que ya voy metido a más no poder. ¡Joder, estoy hablando solo! – me reí.


- Estás hablando conmigo – Su voz transmitía cierto matiz de súplica. Incluso se quebraba en ocasiones.


-Mi pequeña… tú eres yo… una inmensa parte de mí. Mi moral, mi conciencia e inocencia… mi propio yo. Mi verdadero yo… Únicamente yo… y mi maldad –La miré directamente a los ojos.


-Bueno… yo sólo sé que soy independiente de ti. Si me ves, oyes y ¡sientes!... ¡me notas! ¿Acaso mis caricias y besos no te reconfortan? ¿O mi presencia no te perturbaba antes de conocerme de verdad? Somos dos buenos antagonistas… y mientras quieras, seguiré a tu lado… incluso, incluso…


-¿Incluso si cumplo los dictados de mi ser, en contra de tu opinión?


Ella afirmó seriamente. Me sonrió para regalarme un abrazo reconfortante… seguro.


“En Septiembre… en Septiembre todo, absolutamente todo, irá bien. Tus familiares y amigos finalmente te han apoyado. Sol y estrella lo pasarán mal… y tú también. Pero tienes su bendición, siempre han estado a tu lado y te desean lo mejor, como tú a ellas, y eso no va a cambiar. Así que tranquilo, respira y disfruta… Vete y actúa como un hombre, no como el niño que estás demostrando ser. En septiembre… en septiembre nos iremos a Madrid, y todo irá bien. Así que tranquilo, de verdad, respira e intenta disfrutar de todo lo que te queda de este agotador verano en esta pequeña ciudad”


Su aspecto de niña mala, su pensamiento de mujer. Y yo, niño medio hombre.


Sin darnos cuenta, el amanecer nos daba las buenas noches. “Sí, Buenas noches”


lunes 17 de agosto de 2009

As de corazones (4)


Adán buscó cariñosamente el cuerpo de Admiel, presionó caderas y sus cinturas se fusionaron. La entrepierna de Admiel aún goteaba, lo que hizo a Adán presionar su cadera con más ansias, y sin querer queriendo descargó tensiones sobre el abdomen de su costilla perdida.


Todo lo contrario de enfadarse, a Admiel le encantó. Y entre besos juguetones y desayunos de orejas, le preguntó:


-¿Qué te apetece hacer?


-Podíamos ir al local de ambiente llamado Cielo, dicen que…


Las carcajadas de Admiel inundaron la habitación - Está cerrado por motivos de la nueva legislación, ya sabes, rollos de la no discriminación…


- Y…



-No- le interrumpió otra vez- En el infierno siempre es imposible entrar, exceso de personas, mala suerte- bromeó.



-¿Y qué hacemos ahora?- Susurró algo aturdido Adán.


Una sonrisa picarona se colocó en el rostro de Admiel, desapareció entre las sábanas y recorrió aquel cuerpo redondeado tan encantador.


Abrió la boca, y por una vez no apretó con los dientes como tenia por costumbre. Sabía salado y le volvía loco su olor. Pero las manos de Adán le retiraron rápidamente de aquel manjar, le guiaron hasta su rostro y lo besó, sin importarle no haber terminado.


- En serio… ¿Ahora qué?- Preguntó en tono preocupado.


-¿Ahora?- Respondió Admiel- Ahora... a vivir.


Al fin de cuentas los sueños sí se cumplen...


As de corazones (3)



Era su madre y estaba feliz. Sus tensados labios dibujaban una sonrisa perfecta que le devolvía la juventud que se llevaban sus canas. Sus ojos se adormecían brindándole el carácter de una soñadora y su voz se suavizó hasta el punto de hablar en vez de gritar.


- Madre…- intentó pronunciar su atónito hijo.


Pero aquella mujer le hizo callar, seguía siendo la anciana de carácter fuerte.


- He terminado el solitario, por fin me salió el as de corazones. ¿Sabes el tiempo que llevaba esperándolo?


Adán dirigió su mirada hasta la mesa. Encima del tapete se encontraban las cartas, y como le había dicho su madre, rebosante de alegría, el as de corazones daba por terminada su peculiar forma de jugar al solitario.


Su madre cogió la carta, la presionó contra su pecho y la guardó en la cartera de su hijo al son de te dará suerte. Mientras tanto a su hijo se le escapaba un grito de asombro que se le había colocado en la garganta al contemplar tan peculiar escena con olor a especias.


Admiel que se hallaba sentado en el cuarto escalón del portal dio un brinco y se puso rápidamente de pie cuando su costilla progenitora le advirtió de aquel grito, pero se le olvidó transmitirle el matiz de asombro que conllevaba.


Corrió a su encuentro. La puerta estaba abierta y qué petrificado se encontró a su amor, a pesar de que el silencio le pedía calma, sus histerias le dictaban nervios.


El susto que se llevó, cuando contempló a la madre de su amor buscando en su bolso, podía haber sido mortal, más si sacaba un pintalabios y se pintaba los labios, rojo pasión. Pero para sorpresa de todos no pegó, sino que besó a su hijo en los labios, como cuando eran otros, y abrazó a su acompañante. Admiel notó como le sobaba el culo con demasiado entretenimiento, pero esa mujer siempre le había transmitido respeto y no iba a ser el momento de perderlo.


-No me busques nombres- le advirtió aquella anciana estrambótica- Tengo demasiados y todos válidos- continúo mientras se reía- He caldeado la casa, llevaba mucho tiempo sin cuidados, aunque el frió no lo hubierais notado, estáis demasiado calientes… Si me permitís iré a la caja tonta y me pondré el programa del corazón que tanto me gusta, llevo demasiado tiempo incomunicada de mi hogar y ya va siendo hora de que me ponga al día. Por cierto no soy tan bruja.


Dicho esto, desapareció. Notaron como el brillo blanquecino del televisor iluminaba la penumbra de la habitación contigua. Y hasta que no comprobaron la sordera de la anciana, no se atrevieron a respirar.


El corazón de Adán iba a salir disparado desde su boca, tuvo que masticar y volver a tragar para recolocarlo. Buscó la mano de Admiel, pero ya la tenía apresada entre sus manos, así que acercaron cinturas y frotaron entrepiernas. Su madre tenía razón: tenían calor.


No sabían que hacer, pero el olor a especias les guió hasta la habitación de Adán, situada en la torre más alta de aquella mansión. Al desaparecer por las escaleras de caracol oyeron los aplausos del televisor. La edad de la anciana la habían convertido en una especie dura de oído desde luego.


La cúpula de cristal les permitía ver las estrellas, la cama abierta en el centro de aquel redondo perfecto y la luna dorada vigilante.


En el camino a la cama sus prendas volaron. Adán se agachó y degustó desde los pies hasta las orejas de Admiel, pero el plato principal fue su entrepierna. Cuando llegaron a la cama volando en una nube, Admiel ya estaba protegido y preparado para el cuerpo a cuerpo. Le encantaba sentir las rodillas de Adán en sus hombros, y a Adán sus besos entre jadeos y sudores.


Primero dentro y luego fuera. Adán se deshacía con el movimiento y Admiel lo reconstruía con sus apasionados abrazos, para más tarde, comérselo a besos.


Dos sacudidas más profundas, dos gritos sordos y Admiel ya se encontraba retirando su entrepierna, deshaciendo el nudo que su amante en un acto egoísta había hecho con las piernas en su cintura y por último quitándose la goma usada. Tras anudarla se dirigió a desecharla.


Adán estaba arrollador desnudo en la cama, el sudor le hacía justicia y aquella nariz aguileña era pura testosterona observó Admiel al salir de la cama y tirar el condón en aquella papelera de niño bueno.


Se dirigió a sus vaqueros en busca de unos chicles, sabor fresa ácida, pero en lugar de estos encontró una carta: el as de corazones. Era toda una bruja pensó, desde luego buena… la mejor.


La pasión volvió a despertarse en él y la lujuria fue renovada. Guardó el as en su cartera y se abalanzó sobre Adán. Saltó a su lado de la cama y mientras lo fundía a besos, extendió las sábanas esperando desaparecer bajo estas con su amor.


No ocurrió, sin embargo sus cuerpos se anudaron y sus cinturas se rozaron. Nariz con nariz y mirada directa. El ambiente mágico y sus bocas a punto de ser comidas.


Otro acto de pasión, perdieron la cuenta de los cuerpo a cuerpos. La inocencia sobrevivió y el amor se acrecentó.


Pasó desapercibido el silencio de las risas y los aplausos. La televisión no fue más que una excusa demasiado tonta pensaba la mujer, podían haberla descubierto. Pero todo había salido a la perfección. Había apagado la caja tonta y las estrellas ya no estaban, habían desaparecido, quería darles intimidad. Ahora enmarcaría aquel as de corazón que tanto se había hecho de rogar… Era toda una victoria el transcurso de esa noche.


Las estrellas desaparecieron y ellos no se dieron cuenta. Otros dos empujones secos, otros tantos gritos y miles de gomas desgastadas. Las manecillas del reloj se volvieron locas y perdieron la cuenta de las horas. Ya exhaustos descansaron, al séptimo día... puede.


As de corazones (2)


Lilit se acercó a él con uno botella de su preciado licor y tras el asentimiento del desconocido que minutos antes les había estado observando, derramó aquel líquido rojizo en su copa. Como muestra de agradecimiento este le sonrío y depositó unos cuantos billetes entre sus manos de tez algo granate.


-Gracias- contestó mientras guardaba los billetes en su escote- Sí puedo hacer algo más por ti…


-¿Quién eres?- Preguntó rápidamente el hombre misterioso.


-Soy Lilit, empleada del…- intentó contestar algo confusa, pero la impertinencia de aquel extraño la interrumpió.


-Algo más…- había dicho con impaciencia el extraño de un modo un tanto brusco.


- Soy Lilit, y le debo mucho a tu madre. Cuando huí, se encargó de mi supervivencia, aunque las malas lenguas lo nieguen. Ahora, si no te importa, me retiro a atender a los demás clientes- y sin dejar opción a más intromisiones desapareció con aire altivo entre la penumbra del local mientras iba anotando los deseos de los nuevos clientes.

Pasado el tiempo, aquel muchacho de nariz aguileña tamborileó con los dedos en la barra inconscientemente cuando apuraba la copa, lo que hizo a Admiel soltar una inocente carcajada que enamoró todavía más al extraño.

-¿Quién eres?- Preguntó Admiel mientras le retiraba la copa (ya había bebido demasiado).

-Quiero más.

- Ya es suficiente por hoy. Ahora dime quién eres- Sentía curiosidad, le gustaba demasiado, además aquella punzada en las costillas quería decir algo, seguro.

-No lo recuerdo, puede que joven o puede que viejo. Estoy borracho y algo cansado. Todos me llaman Adán y tú eres…

Rápidamente, antes de que el muchacho terminara su afirmación Admiel interrumpió con su verdad.

- Soy tu séptima costilla, no hagas caso de Lilit, es una vieja bruja de barro y excrementos que todavía rinde culto a viejas glorias, las tarotistas son su perdición. Tú, en cambio, eres puro. Y sí, te acompañaré a casa, no pases vergüenza- Acto seguido acarició uno de los amoratados mofletes del muchacho que se encontraba algo avergonzado.- No tengas miedo, esta ciudad es falsa, y mi nombre no significa nada. Ahora vamos, el reloj suena y mi turno termina. La tormenta amaina, aprovechemos el momento: caminemos.

Admiel ayudó a ponerse la gabardina a Adán, estaba algo patoso. Después se puso su chaqueta de cuero mientras el muchacho de nariz aguileña le observaba con esos ojos grises tan particulares, sin duda, llenos de misterio.

Salieron a la calle. El blanco nuclear gobernaba inmutable la escena, el sol seguía algo verdoso y las alcantarillas limpiaban desesperadamente los vestigios de la tormenta, deshaciéndose de todas las pruebas del delito.

Era su costilla perdida, se lo decían sus compañeras que la querían recuperar. Adán iba absorto en sus pensamientos cuando notó que una mano apresaba fuertemente su cintura y lo acercaba al lado de ese cuerpo perfecto que le acompañaba. Levantó la vista y le regaló una sonrisa a Admiel que la aceptó de buen gusto mientras disfrutaba de su cintura.

Anduvieron sosegadamente, conociéndose más íntimamente: Adán le contó que pintaba sueños de ilusiones, lo que hizo dar un vuelco incontrolable al alocado corazón de su acompañante. Le encantaban los pintores.

Admiel relató sus historias de bar y de cómo había aprendido a interpretar silencios, demasiado tiempo esperando había comentado.

Las palabras fluían y no tenían fin, la tarde los abandonaba y la noche llegaba, arrastrando con ella los tonos morados.

La fría niebla que se levantó a su alrededor hizo que llegaran a Adán las ideas macabras y a Admiel temer por su amor perdido por fin encontrado: el dueño de su costilla. Se agarraron fuertemente de la mano y caminaron a su destino.

Su madre no lo aceptaría: “las cartas lo prohíben” le diría tras beber un largo trago de aquel vino peleón. Seguidamente se pintaría los labios rojo pasión y le pegaría una bofetada, para más tarde continuar con su interminable solitario. Pero tenía que ser valiente, Admiel confiaba en él, lo notaba en sus caricias retozonas. La niebla acompañaba y no había motivo para temer. Si era necesario lo haría, total, serían tres o cuatro segundos de sufrimientos para una vida sin grilletes. Los remordimientos ya los expulsaría con la ayuda de su costilla extraviada. Su corazón latía fuertemente.

El brillo azulado de su amor verdadero, estaba seguro de ello, le hizo inquietar.

Entre pensamientos y devaneos habían llegado a su vieja mansión. Y para su sorpresa una larga humareda rosada con olor a jazmín les daba la bienvenida. Algo andaba mal, seguro, desde que tenía uso de memoria la casa había estado a penumbras, sometida al constante ataque del frío.

Pero ahora las farolas del jardín les saludaban chispeantes, y el ambiente transmitía el calor de un hogar verdadero, un paraíso de ladrillos.

Los presagios de los nubarrones eran ciertos, tendría que tener valor y someter a la razón para la gran batalla que le esperaba.

Admiel, que como había contado descifraba silencios, besó a Adán, depositando un beso húmedo pero apasionado. Las lágrimas de temor se deslizaban por su rostro, y mientras titubeaba le dio permiso para ir. Él esperaría ahí fuera, en el portal nº3 de la Calle Esperanza, situada en la Ciudad de los Sueños Cumplidos (que nunca se encontraban apostillaba él siempre)

Adán respiró entrecortadamente, limpió las lágrimas de su amante y le besó la frente, mientras sus costillas gritaban de dolor. Admiel observó a su valiente. Vio como a posar sus pies en el quinto escalón Adán sacó pecho y abrió la puerta. Estaba inquieto, no le gustaban las brujas, aún más si jugaban con las vidas ajenas, y esta era toda una experta. La ciudad entera la conocía.

Fue todo una sorpresa lo que los ojos de Adán se encontraron al abrir la puerta. El olor de las especias le dio la bienvenida. Y al entrar en el comedor donde se esperaba encontrar a su anciana madre de cara malhumorado jugando a las cartas, se encontró una copa vacía, una botella de vino sellada, recogida en el altillo, un juego de cartas abandonado… y sobre todo, una madre feliz. Feliz.

Sí, estaba feliz, se encontraba de pie ante su hijo con los brazos extendidos y más verlo se abalanzó en su búsqueda. Todas las ideas de asesinato se desvanecieron de la mente de Adán. Era su madre y en el fondo, a pesar de todo, la quería. Además estaba feliz.