El sol ya amanecía lentamente para el ritmo de nuestros corazones. La noche había sido larga, y las copas amortiguaron la tristeza que en un vano intento habíamos intentado ocultar en aquella tarde ya demasiado lejana.
La despedida con Sol había sido rápida, después de una larga tarde dedicada a nosotros dos, miramos al suelo para abrazarnos y sin decir palabra corrimos en direcciones opuestas. No queríamos ver ninguno nuestras lágrimas, así, supuestamente, sin ver nada, debería haber dolido menos. Pero al llegar al ascensor, ya fuera del alcance de cualquier cotilla, algo explotó en mi interior, mi negro corazón. Y lloró.
Y así pasé la tarde, escondiendo los pinchazos, los calambres, las lagrimas y demás desazones entre sonrisas de tres al cuarto…
Pero llegó la noche, y con ella Estrella, acompañada de muchos buenos amigos, que juntos venían dispuestos a darme una despedida sorpresa en condiciones. Y lo consiguieron.
En la cena, regalos y fotos, muchas fotos. ¿Y luego?
Luego de fiesta, para no perder las buenas costumbres. Y entonces, entonces descubrimos que cada bar, que cada nuevo local en el que entrabamos, acompasaban cada uno de nuestros pasos con la banda sonora de aquella noche.
Nada más entrar en el primer bar, “Y nos fuimos pa Madrid” Estrella se aferra a mi cintura, para acto seguido desaparecer entre la gente. La sigo y la encuentro rodeada de todos, ¿Por qué? Porque llora. ¿Y por qué? Porque me voy. Ella, mi Estrella, mi única luz que ha brillado siempre sobre la amoratada noche llora, y llora por mí, porque a pesar de ser la primera en decirme “vete, no lo pienses más. No te preocupes todos seguiremos aquí” era la que más deseaba que me quedara en aquella pequeña ciudad, sin magia… ni encanto. Sin embargo, había hecho de tripas corazón durante todo ese tiempo, para que yo, bastante incapacitado en sentimientos, no descubriera la verdad y me lanzara por el nuevo camino que había decidido, quizás demasiado cabezotamente, seguir.
Y ahí estaba ella, llorando sin consuelo, como la niña que siempre ha sido y será. Até todas las lágrimas en un nudo en mi garganta, me había prometido no llorar. Y la besé, por primera vez, y delante de todos, la besé en la mejilla, como siempre hace ella conmigo, y que yo sé que tanto agradece cuando viene de mí.
Seguidamente reanudamos nuestra marcha. Bailábamos, simplemente bailábamos. Contorsionábamos nuestros cuerpos al ritmo de la música, destrozábamos nuestros pies, nuestro encanto…. Pero nada importaba, sí, sólo eso: bailábamos. No podías dejar de bailar, aunque los zapatos nos deshicieran los pies, aunque el olor a carne viva y sudor nos inundara, a pesar de todo, teníamos que seguir bailando. Bailar… porque sí, simplemente bailar. Sí, eso: bailar. Porque así era una noche más del montón… en la cual, todos disfrutábamos. Bailar, sólo eso… Sólo se bailaba.
…Sonrisas y risas, carcajadas y demás gestos de diversión nos guiaban por cada nuevo lugar que pisábamos. Y todo marchaba bien…
Entonces llegó el ecuador de la noche, y de repente la música se volvió gris y desencantada… No recuerdo sus letras, pero algo me hizo buscar a Estrella. Me encontré con su presencia. Y con su mirada… Y con sus ojos mágicos. Me encontré con una estrella resplandeciente de luz aterciopelada y melancólica. Tenue, algo falsa. Bailaba, sí, y mientras bailaba lloraba. Como si nada.
Y a pesar de que la música machacona bombeaba con fuerza mi sangre, el tiempo se congeló. Todo se quedó suspendido en el ambiente concentrado del lugar durante una milésima de segundo para volver en sí con un gran “crack”. Mi corazón, mi nudo en la garganta, mi cuerpo entero había sido el causante de ese gran estruendo que había roto el momento mágico de la inercia inexistente. Lloré… claro que lloré. Lloraba… Lloraba por ella, por mi mejor amiga, por mi hermana… por la chica de las curvas, caderas pronunciadas y un par de estrellas en el pelo. No lloraba por ella, sino porque la quería. Y verla llorar por mi culpa, me mataba… me destrozaba. Y yo la quería, eso estaba claro.
Nos rodearon nuestros amigos, llevaban días diciéndonos que la despedida iba a ser dura. Y nosotros lo negábamos, y ahí estaba la muestra de nuestro error. ¿Cómo no iba a ser dura? Nos rodearon en un gran abrazo colectivo y nuestras lágrimas se reconfortaron, dándonos permiso para continuar con la noche. A partir de ese momento, la noche fue perfecta.
Tan perfecta que cuando abandonamos el último local, el sol nos daba los buenos días. Me despedí de todos mis amigos uno por uno. Un último adiós y Estrella y yo nos perdimos rumbo a nuestra casa.
-¿Sa? – me llamó Estrella mientras caminábamos sin rumbo fijo… ya demasiado cerca de nuestra casa.
-¿Sí?
-Ha sido una gran noche, ¿verdad?... ¿Te ha gustado la sorpresa?
-Claro, no lo dudes… ¿Cómo no me iba a gustar?
-Porque no ha sido sorpresa, sé que lo sabías… y yo quería que fuera sorpresa. Soy estúpida y he metido la pata, sino ¿cómo te has enterado de todo?
- Valoro mucho el gesto… además simplemente me lo olía. Esperaba que me hicieras algo. Y no me has fallado. No esperaba veros a todos así… tan emocionados, y por mí… porque me voy…
- Gracias- Una espléndida sonrisa surco su rostro. Su brillo deslumbró al propio sol- Es cierto, te vas ya dentro de unas horas…
“No llores” le susurré mientras le limpié una desconocida salada que surcaba su mejilla.
-Sa…dicen que la distancia es el olvido…
- Sí, eso dicen…
Detuvimos nuestros pasos y por primera vez en todo el trayecto nos miramos directamente a los ojos.
-Es cierto que se dice que la distancia es el olvido – continué- Pero también se dice que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. Y como yo he llegado a creer que estando tan lejos de ti, podría llegar a perderte y no me ha gustado esa sensación, te aseguro que para mí seguirás estando a mi lado, a pesar de la distancia, te seguiré llevando cerca. ¿Sabes por qué?
-Sa…gracias….
- Porque te guardo en un sitio muy especial.... ¿Sabes cuál?
No hacía falta que ninguno de los dos siguiera hablando. Lo sabíamos. Estrella me abrazó, me besó en la frente y de repente se echó a correr.
“¡Saiz te echo una carrera como cuando éramos más niños todavía!” gritó.
Y yo corrí detrás de ella… como los niños que siempre seremos.
…El sol ya amanecía lentamente para el ritmo de nuestros corazones. La noche había sido larga, y las copas amortiguaron la tristeza que en un vano intento habíamos intentado ocultar en aquella tarde ya demasiado lejana. Una nueva vida comenzaba…



